Grupo de Consumo Autogestionado de Jaén

El precio de nuestra salud

Nos encontramos en un momento donde una persona puede encontrar el producto que quiera sin, prácticamente, salir de su barrio. Da igual lo que sea y de donde venga. Muchas veces su precio será irrisorio. Y casi nunca nos preguntaremos cuál es el coste real de lo que estamos comprando.

No hablamos sólo del precio del cultivo o la extracción, más la mano de obra. Hablamos de las consecuencias que tiene desde un punto de vista global. Desde el proceso que sufre la tierra donde se halla, hasta la energía necesaria para transportarlo de un sitio a otro en forma de petróleo. Los envases de plástico. El precio de los brazos del trabajador. Y de sus manos, sus pulmones o sus ojos. Los químicos para tratarlo y conservarlo. Su larga vida después del contenedor de basura. Y así un largo etcétera.

Si alguien se enriquece con el proceso del comercio en este mundo globalizado es porque es un mundo injusto. Si alguien se enriquece mucho, mucho, mucho, probablemente sea un cabronazo. Eso, si, un cabronazo amparado por las leyes de la oferta y la demanda.

Últimamente hemos visto en los medios de comunicación noticias sobre irregularidades en algunos alimentos. Hablamos concretamente del efecto contagio que ha hecho que grandes emporios vigilen de cerca a sus empresas cárnicas en busca de restos de caballo donde sólo debía haber ternera. Si bien en la mayor parte de los casos este engaño no tiene efectos negativos sobre la salud humana, si ha habido alguno concreto donde se han encontrado antibióticos no recomendados para nuestro consumo.

Se han retirado de supermercados distintos productos de marcas más o menos conocidas que han echado balones fuera asegurando que toda la culpa era de sus proveedores. No hay que ser una lumbrera para ver que el proceso de control de los alimentos falla o más bien, es deficiente en sí mismo. Asusta preguntarse qué estaremos comiendo realmente camuflado bajo etiquetas confusas.

Dicen que “lo que no mata, engorda”, pero ¿qué pasa con lo que no entra por la boca sino a través de nuestra piel? Si algún producto tiene etiquetas complicadas de entender (salvo, tal vez, para un/a químico/a) son los productos de cosmética. No hace tanto que Mercadona tuvo que retirar once cosméticos de su línea Deliplus, por mezclar trietanolamina, que actúa sobre el PH, y conservante bronopol, cuya combinación puede producir nitrosamina, una sustancia inductora de tumores cancerígenos. Es curioso que el dueño de Mercadona, Joan Roig, que hace unos meses declaró que “tenemos que imitar la cultura del esfuerzo con la que trabajan los 7.000 bazares chinos que hay en España”, no cuide mejor los productos con los que amasa su fortuna, y según parece envenena a los/as consumidores.

Tirando del hilo de los productos de higiene y cosmética aprovechamos para hacer una crítica a las empresas dedicadas a la fabricación de este tipo de productos, que se enriquecen por señalar, agrandar y hacer un defecto de nuestras características físicas y a muchos de estos productos, por ser contaminantes desde su origen hasta su dispersión final por agua, aire y tierra, donde se siguen acumulando.

Las fábricas europeas trabajan con más de 15.000 sustancias químicas diferentes, una parte de estos compuestos se incorporan en los productos de consumo común para conferirles propiedades como olor, color, consistencia, resistencia a las bacterias… Unos 8.000 constituyen los compuestos básicos de los productos de cosmética y aseo.

En los años 50, la explosión del uso del petróleo copó diversos campos y la cosmética fue uno de ellos, aprovechándose de los bajos precios de los nuevos compuestos. El 90% de los agentes químicos utilizados por esta industria son compuestos derivados del petróleo, convirtiendo a estas multinacionales en cómplices de toda la miseria que generan las explotaciones petrolíferas (plataformas de extracción, vertidos en mar y tierra, CO2 resultado de transporte y combustión que contribuye al efecto invernadero, etc.).

Podemos englobar todo esto como impacto medioambiental, pero además, estos compuestos suponen un riesgo para la salud; para empezar, se aplican sobre animales no humanos, en grandes dosis y durante poco tiempo, ¿Sirve acaso este experimento para conocer las consecuencias reales sobre un ser humano que se aplica la mezcla a largo plazo y, generalmente, en pequeña cantidad? Es tan injusto como inútil.

A la hora de revisar la etiqueta de cualquier producto, podemos seguir tres reglas básicas: mejor cuanto menor sea el número de ingredientes, elegir aquellos en los que los componentes vegetales aparezcan arriba, pues indica que están en mayor proporción y, por último, no consumir productos con perfumes o fragancias cuya naturaleza no esté clara.

Algunas de las familias de compuestos más dañinos son los nitroalmizcles (función aromática, altamente contaminantes por su facilidad para acumularse), los compuestos policíclicos (la hermana menos mala de los almizcles, altamente alergénicos), los ftalatos (intervienen en el sistema hormonal, llegando a provocar cambios de sexo en algunas especies de peces), compuestos orgánicos halogenados, parabenes (alergénicos y relacionados con distintos tipos de cáncer), parafinas y siliconas (altamente acumulativas), polietilglicoles (para su fabricación necesitan de gases muy contaminantes que pueden perdurar después en el producto cosméticos)…

Parece increíble que a pesar de que todas las empresas tienen que hacer estudios y controles de calidad sobre cada compuesto, nos encontremos tantos que dañan tanto al medio como a los/as que en él vivimos. Y da que pensar. Podemos intentar consumir lo ecológico, podemos leer bien las etiquetas, intentar tener nuestro propio huerto o participar de grupos de consumo, opciones que no están al alcance de todos/as, pero lo cierto es que mientras el capitalismo siga en pie, se seguirá produciendo desmesuradamente, se seguirá contaminando y seguiremos envenenándonos.

Mientras unos tengan que mantener su riqueza y sus lujos, el resto seguiremos pobres y nuestro planeta cada vez más enfermo.

http://www.todoporhacer.org/el-precio-de-nuestra-salud

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