Grupo de Consumo Autogestionado de Jaén

Ecológico no es solo un sello

Desde hace varios años asistimos a un Boom de lo ecológico, cada vez es más notable la preocupación de las personas por las condiciones de salubridad de los alimentos y porque estos sean producidos de forma sostenible. Las grandes superficies, siempre tan atentas a las necesidades de los consumidores, también se han hecho eco de esto y hoy día es factible encontrar pasillos completos dedicados a productos ecológicos y/o biológicos u orgánicos.

Consumir ecológico es obviamente más sano, evitamos los venenos que la industria introduce en los alimentos, y en teoría también ayudamos a la sostenibilidad del planeta. Sin embargo, si queremos conseguir realmente lo que acabamos de plantear, es necesario no sólamente cambiar lo que consumimos sino también la forma en la que lo consumimos. Las grandes marcas se están dando prisa para poder modelar y controlar esta cultura de lo ecológico, ofreciendo sus líneas de productos ecológicos a la par que mantienen su producto convencional. Al caminar por los supermercados podemos encontrar ya casi cualquier producto en versión “eco”, y por supuesto hortalizas y frutas, que están entre los ecológicos más demandados. Tenemos tomates, berenjenas, calabacines, coles, lechugas, zanahorias… De todo, y en cualquier época del año. Así, es factible que comprando manzanas ecológicas veamos que estas proceden de Argentina.
Aquí es donde comienza a perderse el valor y el sentido del término “ecológico”.

Cuando un producto recorre miles de kilómetros para llegar al destino o cuando se cultiva una hortaliza fuera de temporada, recreando unas condiciones climáticas ficticias para el desarrollo de la planta o del fruto ¿tiene sentido hablar de producto ecológico? La industrialización de la alimentación ha hecho que se pase de producir con el objetivo de alimentar a las personas a producir para generar dinero y maximizar beneficios.
El término ecológico debe basarse en muchas más cosas, no sólo en un sello, si realmente pretendemos que esto sirva para romper con el actual modelo de producción y consumo.

La cadena que siguen los alimentos desde el productor hasta llegar a nuestras manos hace que algunas hortalizas incrementen hasta en un 700% su precio de origen. Esto significa que el agricultor cobra por 0,16 euros por kilo de calabacín mientas que el consumidor lo paga a 1,35 en el supermercado, por poner un ejemplo. Comprando directamente a los productores ellos obtendrían un precio justo por su trabajo y nosotros, como consumidores, nos beneficiaríamos comprando más barato.

En esta última década están proliferando por todo el estado español grupos de personas que se asocian y organizan para consumir de una manera distinta, creando Grupos o Cooperativas de Consumo. Esta práctica que comenzó sobre todo por el norte, en zonas como el País Vasco o Cataluña -donde es fácil encontrar grupos y cooperativas compuestos por más de 400 unidades familiares- se ha ido extendiendo paulatinamente al resto del país.

El funcionamiento de los grupos o cooperativas de consumo se basa en eliminar los intermediarios, tratando directamente con los productores, creando canales cortos de distribución, lo que se conoce cómo “del campo a la mesa”. De esta forma se logra además favorecer el desarrollo de las zonas rurales, mejorando por tanto la economía de nuestros municipios cercanos y manteniendo un medio rural vivo y sostenible. Consumir alimentos locales y de temporada también nos asegura que son frescos y han sido cosechados maduros, cuando son más saludables y sabrosos.

Si nos quedamos sólo en la etiqueta, estaremos vaciando de contenido el término y creando otro lobby más, perdiendo la oportunidad de tejer alternativas que sean realmente sostenibles, saludables y justas.

Víctor Rodríguez Lledó

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